Jueves , Mayo 25 2017
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Una camarera rompe en llantos cuando encuentra esto sobre la mesa

Esta es una de esas historias en las que el final te reconforta y te inspirará a ser mejor. Todo comienza con una mujer varada en la carretera, pero lo que sucede sobre el final te tocará el corazón.

La moraleja es algo que debemos tener presente todos en nuestras vidas si queremos hacer el bien.

 

Un día un hombre se encuentra a una mujer mayor en el arcén de una carretera. Pese a la noche en ciernes y la poca luz, se da cuenta de que la mujer necesita ayuda. Entonces decide detener su coche frente al Mercedes de la mujer para ayudarla. El motor de su coche aún sigue quejándose cuando llega a ella. Pese a que el hombre sonríe, la mujer siente temor. Durante más de una hora nadie se ha parado a ayudarla. ¿Le quiere hacer daño? El hombre no parece muy de fiar; tiene pinta de pobre y hambriento.

El hombre puede ver el temor de la mujer reflejado en sus ojos, mientras espera en la fría carretera. Él sabe perfectamente lo que ella siente. Es ese escalofrío que solo el miedo puede provocar. «¿Por qué no se espera dentro del coche, donde hará menos frío? Por cierto, me llamo Bryan Anderson», le dice. El coche solo tiene una rueda pinchada, pero para una mujer mayor es suficiente problema. Bryan se mete bajo el coche para buscar un sitio donde colocar el gato. Pronto ha cambiado la rueda, aunque se ha manchado y las manos le duelen.

Mientras aprieta las tuercas de la rueda nueva, la mujer baja la ventanilla y comienza a hablarle. Le cuenta de dónde viene y que está de paso. Y que no puede estarle lo suficientemente agradecida por su ayuda. Bryan le sonríe y cierra el maletero del coche de ella. La mujer le pregunta que cuánto le debe; no le importa la cantidad, solo puede pensar en las terribles cosas que podrían haberle sucedido si Bryan no hubiera parado. Bryan no considera ni por un momento que la señora le pague. Para él no ha sido ningún trabajo; solo quería ayudar a alguien que lo necesitaba. Y, bien sabe Dios, que hubo muchos que lo ayudaron a él en el pasado. Así es como ha aprendido él a ser y actuar.

Entonces le dice que si realmente quiere devolverle el favor, ayude a la próxima persona que lo necesite. «Y piensa en mí al hacerlo» añade Bryan. Entonces espera hasta que la mujer arranca y se marcha. Pese a ser una noche triste y fría, se siente bien mientras ella desaparece en la oscuridad. Unos kilómetros después la mujer avista un pequeño restaurante. Entra a comer algo y a descansar un poco antes de realizar el último tramo del viaje. El restaurante parece bastante pobre. Afuera hay dos viejos surtidores de gasolina. Todo le resulta algo extraño a la mujer.

Entonces una camarera se aproxima a ella y le trae una toalla de mano para que se seque la humedad del cabello. La camarera luce una sonrisa constante en la cara, pese a que ya lleva todo el día de pie. Entonces la señora se percata de que la camarera está embarazada de al menos ocho meses. Sin embargo, su pesado vientre y los dolores no cambian su actitud ni un ápice. La señora se pregunta cómo alguien que tan poco tiene puede darle tanto a una extraña como ella. Entonces se acuerda de Bryan.

Cuando termina de comer, la mujer paga con un billete de 100 dólares. La camarera se vuelve presta a cambiar el billete, pero la mujer ya está saliendo por la puerta. Cuando la camarera vuelve, se pregunta dónde ha ido la mujer. Entonces ve que hay algo escrito en la servilleta. Con lágrimas en los ojos lee que la señora ha escrito en esta: «No me debes nada. A mí me pasó lo mismo que a ti: alguien me ayudó de la misma forma que te ayudo yo a ti. Si quieres devolverme el favor, no dejes que acabe esta cadena del amor».

Bajo la servilleta hay otros cuatro billetes de 100 dólares. Aún hay mesas que limpiar, platos que lavar y clientes a los que atender; y la camarera lo hace todo como cada día. Cuando llega a casa por la noche y se acuesta, piensa en el dinero y las palabras de la señora. ¿Cómo podía saber que ella y su marido necesitaban dinero tan urgentemente? El mes que viene, cuando llegue el bebé, será todo más difícil. Sabe lo mucho que su marido se preocupa y, acostada junto a él, le da un tierno beso y le susurra: Todo irá bien. Te quiero, Bryan Anderson». Y es que aquello que siembras, lo acabarás recogiendo, decía el dicho.

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